Sony: Perder el futuro por proteger

Sony tenía casi todo para construir el iPod antes que Apple: el hardware, la música, una marca reconocida y 25 años de dominio en la música portátil, pero a pesar de contar con las piezas necesarias para el éxito, Sony no tuvo la organización adecuada para relucir; ahí aparecen los silos organizacionales, esas áreas internas que terminan defendiendo sus propios indicadores antes que un objetivo común, por eso la historia del Walkman y el iPod no es solo una historia de tecnología es más bien una lección sobre cómo una empresa puede proteger tanto su negocio actual que termina sacrificando el negocio que venía en camino.

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Sony inventó la música portátil

La historia empieza en 1979, cuando Sony lanzó en Japón un aparato llamado Walkman, un  aparato que, para quienes lo conocieron, no solo era un reproductor de cassettes; pues representaba un producto con identidad propia, con nombre, logotipo y el objetivo de llevar la música a cualquier parte, con esto, las primeras 30 mil unidades se agotaron en solo tres meses, y durante la década siguiente el Walkman mantuvo cerca de la mitad del mercado en Estados Unidos, incluso cobrando hasta 20 dólares más que otros competidores.

Durante aproximadamente 25 años, cuando se hablaba de música portátil, el referente era Sony, porque el Walkman cambió la forma en que las personas escuchaban música en la calle, en el transporte, en la escuela o mientras caminaban, es por eso que resulta tan llamativo que, cuando se piensa en el aparato que transformó la música portátil en la era digital, el nombre que aparece con más fuerza no sea Sony, sino Apple. La empresa que inventó la portabilidad terminó viendo cómo otra compañía se quedaba con la siguiente etapa del mercado.

¿Sony lo tenía todo?

A finales de los noventa, Sony tenía sobre la mesa casi todo lo que Apple necesitaría después para construir el iPod; fabricaba dispositivos electrónicos, era dueña de un sello discográfico gracias a su compra de Columbia Records, tenía un estudio de cine y conservaba la reputación de ser una de las empresas más innovadoras del planeta.

El punto es fuerte porque Sony no estaba llegando tarde por falta de capacidades, ya que sí tenía la tecnología, el contenido, la marca y experiencia en consumo; en teoría, podía unir esas piezas para crear un ecosistema de música digital antes que Apple o, por lo menos, competir con mucha más fuerza. Steve Jobs entendía el valor de Sony pues egún la intervención, no quería parecerse a IBM ni a Microsoft; veía a Sony como referencia porque combinaba electrónica, diseño, entretenimiento y cultura popular, Incluso se cuenta que un directivo mostró el primer iPod a 200 ejecutivos de Sony y les advirtió que ese aparato podía matar al Walkman,  este dato dejaba la instrucción de construir algo mejor, pero no lograron convertir esas ventajas en una respuesta competitiva suficiente. 

Apple sí entendió el ecosistema

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Mientras Apple abría iTunes al MP3, el formato más usado por los usuarios, Sony insistía en proteger su propio formato, conocido como ATRAC, un sistema que obligaba a convertir cada canción con un software lento y poco estable antes de poder escucharla y esta decisión revela una diferencia de enfoque porque Apple facilitó el uso; Sony protegió su sistema. Apple entendió que el usuario quería escuchar música de manera simple, rápida y compatible, mientras Sony intentó conservar control sobre el formato aunque eso hiciera más incómoda la experiencia; así la tienda digital de Sony, mencionada como Connect, apenas sobrevivió cuatro años antes de cerrar en 2008. Para entonces, Apple ya vendía casi el doble que toda la competencia junta y había colocado más de 85 millones de canciones descargadas, no fue solo el aparato porque Apple construyó una relación entre hardware, tienda y usuario; Sony, en cambio, tenía las piezas separadas y no logró hacerlas trabajar como un sistema fácil de usar.

Los silos frenaron a Sony

La explicación central está en la forma en que Sony estaba organizada, pues sus áreas funcionaban como silos organizacionales, es decir, como divisiones que defendían sus propios intereses, métricas y negocios, aunque eso afectara la experiencia del cliente o el futuro de la empresa y con esta división de electrónica no quería un reproductor que canibalizara sus discos compactos y minidisc, mientras Sony Music le temía a la piratería y frenaba una distribución digital más sencilla. Cada área protegía su negocio del presente, y nadie parecía defender con suficiente fuerza el negocio del futuro y ahí está la parte más importante del caso; entonces Sony no falló porque no tuviera talento, tecnología o recursos; falló porque sus divisiones no estaban alineadas hacia un solo objetivo y cada una cuidaba su propio resultado, y esa fragmentación terminó haciendo más difícil construir una solución simple para el usuario.

Cuando una empresa trabaja así, el cliente deja de ser el centro y se convierte en el árbitro entre áreas que compiten, donde una división quiere proteger margen, otra quiere proteger derechos, otra quiere proteger formatos y otra quiere conservar productos existentes; el usuario, mientras tanto, solo quiere que la experiencia funcione.

Proteger el ayer cuesta caro

Sony intentó proteger lo que ya tenía y cuidó sus formatos, sus divisiones, sus productos existentes y sus modelos de ingreso, pero el mercado ya se estaba moviendo hacia otra lógica: música digital, compatibilidad, descarga sencilla y control del usuario sobre su biblioteca, pero la respuesta llegó tarde, pues en 2004, Sony permitió finalmente que los MP3 funcionaran en algunos modelos; en 2007 anunció el fin de su formato ATRAC y hacia 2008 prácticamente lo cerró por completo, para entonces, Apple ya había construido algo mucho más grande que un reproductor.

Si el negocio actual genera ingresos, empleo, indicadores y poder interno, resulta difícil moverlo, aunque el mercado ya esté dando señales de que la siguiente etapa va por otro lado, y no se trata de abandonar lo que funciona, sino de reconocer cuándo la defensa interna de un producto empieza a convertirse en obstáculo porque aveces, proteger el negocio de ayer termina saboteando el negocio de mañana.

Apple se organizó alrededor del usuario

Apple tomó una ruta distinta, porque Steve Jobs obligaba a sus equipos a compartir un solo resultado financiero y a trabajar alrededor de una experiencia común; si el iPod ganaba, todos en Apple ganaban, esta lógica interna no estaba diseñada para proteger divisiones aisladas, sino para construir una experiencia clara para el usuario y esa diferencia organizacional se tradujo en producto porque el iPod no fue únicamente un reproductor, fue parte de un ecosistema donde el aparato, la tienda y la biblioteca musical trabajaban juntos. La experiencia era más sencilla, más compatible y más fácil de entender.

Sony pudo haber tenido más piezas al inicio, pero Apple las integró mejor, y esa es una lección fuerte para cualquier empresa: la innovación no depende solo de tener recursos, también depende de cómo se coordinan esos recursos para resolver una necesidad real del cliente.

Cuando las áreas internas trabajan con indicadores separados, la usabilidad suele pagar el costo pues el cliente no ve organigramas ni reportes internos; ve si el producto le resuelve o no le resuelve y si la experiencia es lenta, cerrada o incómoda, el mercado no espera a que la empresa acomode sus divisiones.

El cliente no puede ser discurso

Una de las ideas más claras de la intervención es que cada área debe organizarse alrededor del cliente, no alrededor de sí misma, y a pesar de que esto parece obvio, en la operación diaria se pierde con facilidad; cada departamento termina defendiendo sus tareas, sus indicadores y sus responsabilidades, aunque eso no siempre empate con la experiencia que el cliente necesita.

A veces las empresas hacen pequeñas mejoras internas, pero esas mejoras no están conectadas con lo que el usuario realmente está tratando de resolver y Sony tenía una solución técnicamente posible, pero la experiencia era más complicada, en cambio, Apple entendió que el usuario no quería pelearse con formatos ni convertir canciones con un software inestable; quería escuchar música de forma sencilla. Bajo ese enfoque muchas empresas pierden cuando se burocratizan y el problema no siempre es falta de ideas, sino pérdida de enfoque; cuando la estructura interna pesa más que la necesidad del cliente, la empresa puede terminar defendiendo procesos que el mercado ya no quiere.

Esto también pasa en empresas pequeñas

Esto no solo pasa en corporativos globales también ocurre en empresas medianas, negocios familiares, instituciones, gobiernos y equipos que trabajan con áreas desconectadas, no se necesita ser Sony para tener silos organizacionales; basta con que ventas, operaciones, marketing, administración o dirección trabajen cada uno desde su propio indicador, sin una visión compartida del cliente.

Cuando eso ocurre, cada área hace “lo que le toca”, pero nadie se hace responsable de la experiencia completa; el Marketing puede atraer clientes que operaciones no puede atender; ventas puede prometer tiempos que logística no puede cumplir; administración puede endurecer procesos que frenan la compra y todo puede parecer correcto por departamento, pero incorrecto para el usuario, de esta forma la centralidad del cliente exige liderazgo y no basta con pedirle a cada área que mejore su parte; alguien debe asegurarse de que todas las partes estén conectadas con el progreso que el cliente quiere lograr. Si no, la empresa puede llenarse de pequeñas mejoras internas que no mueven la experiencia final.

Tres aprendizajes

1.  Tener todas las piezas de la innovación no sirve de nada si las áreas compiten en lugar de colaborar.

Sony tenía hardware, música, marca y reputación, pero esas capacidades no estaban organizadas alrededor de una misma experiencia.

2.  Proteger el negocio de ayer puede sabotear el negocio de mañana.

La división que hoy genera ingresos puede resistirse a una innovación que parece amenazarla, aunque esa innovación sea precisamente la que necesita la empresa para seguir vigente.

3.  La empresa debe organizarse alrededor del cliente.

Si cada área trabaja solo para cumplir sus propios indicadores, la experiencia final se fragmenta, y cuando la experiencia se fragmenta, el usuario compara contra quien sí resolvió el problema completo.

Esta historia no aplica únicamente a tecnología. También ocurre en servicios, retail, medios, salud, educación o cualquier organización donde las áreas trabajan más para defender su territorio que para mejorar la experiencia de quien compra, usa o recibe el servicio.

Una empresa que no se escuchó

Sony inventó la manera en que el mundo escucharía música durante una generación entera, ese es el tamaño de su mérito, pero, por dentro, estaba dividida entre áreas que competían entre sí, y eso le impidió escuchar lo que el mercado empezaba a pedir, la frase tiene peso porque resume el caso completo. Sony sabía fabricar dispositivos, vender tecnología, producir contenido y construir marcas reconocidas, aun así no logró convertir todo eso en una experiencia integrada cuando el mercado migró hacia lo digital.

Apple hizo más fácil comprar, organizar y escuchar música, entendiendo que el valor no estaba solamente en el dispositivo, sino en todo el sistema que rodeaba al usuario.

Conclusión

Los silos organizacionales explican por qué Sony no logró defender el futuro de la música portátil, pese a haber inventado el Walkman y dominar la categoría durante 25 años, mientras que Apple leyó mejor el cambio: integró hardware, tienda y usabilidad alrededor de una sola experiencia y con esa diferencia convirtió al iPod en algo más que un aparato, y dejó a Sony corriendo detrás de su propio invento.

Esta lección sigue vigente, cuando cada área protege su indicador antes que al cliente, la innovación se vuelve lenta y la experiencia se rompe. ¿Tu empresa está organizada alrededor del usuario o alrededor de sus propios departamentos?

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